Una versión más actualizada de este artículo está disponible como parte del capítulo 6 del libro Perspectivas urbanas: Temas críticos en políticas de suelo de América Latina.
En octubre del año 2000, los ciudadanos de casi la mitad de las 60 principales ciudades brasileñas, agraviados por décadas de pobreza y ola delictiva, además de pésimos sistemas de provisión de viviendas, asistencia sanitaria y educación, y de falta de planificación de la infraestructura y de acceso a servicios básicos, eligió como alcaldes a representantes de partidos izquierdistas destacados por su labor de apoyo, honestidad y transparencia. Si bien es cierto que estos gobiernos de reforma están introduciendo nuevas esperanzas y expectativas, también es cierto que se enfrentan a una herencia de desconfianza generalizada hacia los políticos y burócratas municipales, quienes tradicionalmente han estado acusados de negligencia y corrupción. Asimismo, confrontan perspectivas fiscales sombrías en forma de una baja facturación impositiva, débiles transferencias federales, y mercados de suelos urbanos que producen segregación y desigualdades profundas.
El partido de izquierda predominante, Partido de los Trabajadores (en portugués, Partido dos Trabalhadores o PT), conservó las cinco ciudades mayores que había ganado en las elecciones de 1996 y adquirió doce más. Estos municipios del PT aspiran a universalizar los servicios, dejando de lado los tradicionales métodos de decisiones tomadas “desde arriba” y otorgando a los residentes un papel activo en sus gobiernos locales. A lo largo del proceso, están reinventando la democracia local, vigorizando la política y alterando significativamente la distribución de recursos políticos y simbólicos. Quizás el caso más notable es el de Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul (estado más meridional de Brasil), donde el PT ganó su cuarto período consecutivo con el 66 por ciento de los votos, un ejemplo que puede haber animado a los brasileños de otras ciudades a votar también por reformas democráticas.
Al igual que las ciudades de otras partes, Porto Alegre refleja su cultura nacional en sus patrones de uso de la tierra, estructura económica y distribución del poder político. El mayor sistema social de Brasil emplea mecanismos complejos para garantizar que sus ciudades continúen siguiendo las mismas leyes, normas y lógica que organizan la sociedad dominante. Dado que muchos aspectos de la sociedad brasileña están cargados de injusticias y desigualdades, la ciudad tiene que estar constantemente atendiendo los efectos de estas fuerzas políticas y económicas de mayor alcance.
Al mismo tiempo, ninguna ciudad es una reflexión pura de su estructura social nacional. Cualquier ciudad puede ocasionar y reproducir desigualdades e injusticias, de la misma manera que puede estimular estructuras sociales y relaciones económicas dinámicas. Hasta donde la ciudad (y especialmente su gobierno) esté en control de las acciones, puede haber efectos positivos o negativos. Por ejemplo, en ningún segmento del código social brasileño está escrito que sólo se pavimentarán las calles de las vecindades de clases altas o medias, ni tampoco que el suministro de agua llegará únicamente a los rincones más privilegiados de la ciudad.
Presupuesto participativo
En Porto Alegre, un frente popular encabezado por el PT puso en práctica el “presupuesto participativo”, sistema mediante el cual miles de residentes pueden participar cada año en asambleas públicas para decidir el destino de la mitad de los fondos presupuestarios municipales, asumiendo así una mayor responsabilidad por el gobierno de su propia comunidad. Esta reforma simboliza una amplia variedad de cambios municipales y presenta una alternativa tanto al centralismo autoritario como al pragmatismo neoliberal. Los vecinos toman decisiones sobre asuntos locales prácticos como mejoras de calles o parques, y sobre otras cuestiones más complejas que atañen a la ciudad. El proceso, argumenta el PT, despierta la conciencia de la gente sobre otras oportunidades para vencer la pobreza y las desigualdades que ponen tanta miseria en sus vidas.
El proceso del presupuesto participativo en Porto Alegre comienza con la presentación formal por parte del gobierno del plan de inversiones aprobado para el año anterior, y de su plan de inversiones y presupuesto para el año en curso. Los delegados elegidos de cada una de las 16 asambleas de distrito se reúnen durante el año para determinar las responsabilidades fiscales de los departamentos de la ciudad. Estudian dos categorías: la primera se compone de las doce áreas temáticas principales del distrito o sus vecindades (p. ej., pavimentación de calles, construcción de escuelas, parques, suministro de agua potable y sistemas de alcantarillado), mientras que la segunda trata de proyectos que afectan la ciudad entera (líneas de tránsito, gastos de limpieza de las playas, programas de asistencia a personas sin hogar, etc.). Para alentar la participación ciudadana, las reglas establecen que el número de delegados es aproximadamente proporcional al número de vecinos que asistan a la reunión de la elección.
El reparto de los recursos entre los distritos sigue las prioridades definidas mediante debate popular: en 1999 se nombraron como “prioritarias” las cuestiones de población, pobreza, carencia de servicios (p. ej., falta de pavimentos), y necesidades de la ciudad entera. La relación tensa que existe entre el ayuntamiento y los ciudadanos ha conducido a una mayor participación popular, y cada año el presupuesto participativo adquiere una tajada mayor del presupuesto total de la ciudad. Las prioridades han cambiado de una manera nunca antes prevista por los alcaldes ni por sus equipos gubernamentales.
Entre los participantes del proceso figuran miembros del partido de gobierno, profesionales, tecnócratas, ciudadanos de la clase media y un número desproporcionado de la clase pobre trabajadora (pero menos de las clases muy pobres). El proceso atrae y estimula la acción política de muchos que no apoyan al partido de gobierno, en contraste con el antiguo sistema de patrocinio que utiliza los presupuestos de las ciudades para pagar los favores de los partidarios. Como un indicador del éxito del sistema de Porto Alegre, se ha observado un aumento muy significativo en el número de participantes, desde apenas unas 1000 personas en 1990 a 16.000 en 1998 y 40.000 en 1999.
A lo largo del camino, el proceso participativo se ha autoreforzado. Por ejemplo, cuando ciertos residentes notaron con molestia que a los habitantes de ciertas zonas de la ciudad les habían pavimentado las calles o les habían asignado una nueva parada de autobús, descubrieron que los beneficiados habían sido justamente los únicos en acudir a las reuniones presupuestarias. En los años siguientes se incrementó la asistencia a las reuniones, lo cual expandió los intereses representados en los votos y aumentó la satisfacción ciudadana. Para los funcionarios es también un alivio, ya que los residentes mismos confrontan decisiones de suma cero: presupuestos fijos que deben asignar a necesidades importantes como el asfaltado de las calles, el aumento de aulas escolares o el establecimiento de programas de ayuda para las personas sin hogar.
Como nota interesante, el sistema de presupuesto participativo en Porto Alegre está teniendo éxito incluso ante la considerable hostilidad mostrada por un Concejo municipal conservador y los constantes ataques por parte de periódicos y programas televisivos de derecha, todos cuestionando los beneficios de la participación y ensalzando los mercados no regulados. El gobierno municipal depende del soporte de los participantes y sus vecinos, de las radiodifusoras y de las muchas personas que se opusieron a dos décadas de dictadura militar, desde 1964 hasta 1985. Al optar por cuatro gobiernos reformistas consecutivos, la mayoría de la población ha logrado ejercer presión sobre un Concejo municipal hostil para que vote a favor de las propuestas presupuestarias del alcalde, manteniendo así la integridad de la orientación progresiva.
Cambios en las condiciones materiales
En 1989, pese a sus altos índices comparativos de alfabetismo y esperanza de vida, las condiciones en Porto Alegre reflejaban la desigualdad y segregación económica de otras ciudades brasileñas. Un tercio de la población vivía en barrios bajos de la periferia urbana carentes de servicios básicos, aislados y distantes de la zona pudiente en el centro de la ciudad. A pesar de este trasfondo, las innovaciones del PT han logrado una mejoría -aunque moderada- del nivel de vida de algunos de los ciudadanos más pobres. Por ejemplo, entre 1988 y 1997 el suministro de agua a los hogares de Porto Alegre pasó de un 75 por ciento a un 98 por ciento de todas las residencias; el número de escuelas se ha cuadruplicado desde 1986; se han construido nuevas unidades de vivienda pública (éstas albergaban apenas 1700 nuevos residentes en 1986, frente a 27 000 residentes adicionales en 1989); a través de la intervención municipal se facilitó un arreglo con compañías autobuseras privadas para que mejoraran el servicio prestado a las vecindades periféricas de escasos recursos. Además, el uso de canales de circulación “únicamente para autobuses” ha mejorado los tiempos de desplazamiento domicilio-trabajo y los autobuses recién pintados son símbolos muy visibles de los poderes locales y los intereses públicos.
Porto Alegre se ha valido de su solidaridad participativa para permitir la participación ciudadana en decisiones sobre el desarrollo económico que en el pasado hubieran estado dominados por intereses políticos y económicos centralizados. La ciudad rechazó la construcción de un hotel de cinco estrellas en los terrenos de una planta de energía abandonada, prefiriendo utilizar el bien situado promontorio para construir un parque público y una sala de convenciones que sirven ahora como nuevo símbolo de la ciudad. Además, al presentársele una propuesta de demolición de barrios para dar cabida a un gran supermercado, la ciudad impuso requisitos costosos y estrictos para la reubicación de las viviendas, requisitos que están siendo cumplidos por el supermercado. Como otro ejemplo, a pesar de las promesas de nuevos empleos y de presiones ideológicas de la compañía Ford Motor, la cercana municipalidad de Guíaba no aceptó la propuesta para una nueva planta automovilística, argumentando, según los principios políticos establecidos en Porto Alegre, que los subsidios requeridos podrían aplicarse con mayor justificación a otras necesidades de la ciudad. (En agosto de 2000, una investigación estatal declaró la “no culpabilidad” del alcalde por la pérdida de la inversión de la Ford.)
No obstante, una serie de restricciones desalentadoras en el ambiente político y económico brasileño continúan limitando las ganancias del crecimiento económico, demandas por mano de obra y trabajos de calidad. Al compararse Porto Alegre y Rio Grande do Sul con las ciudades capitales cercanas y sus estados durante los años 1985-1986 y 1995-2000, se observan pocos contrastes notorios. En general, ha habido un estancamiento del producto interior bruto (PIB) y una disminución del PIB per cápita. El desempleo aumentó y disminuyeron tanto la participación en la fuerza de trabajo como en la tasa de empleo formal.
En vista de este limitado alcance de mejoras económicas, ¿cómo podemos explicar el sentimiento de optimismo y triunfo que circula en el aire de Porto Alegre? Claramente, el éxito de la experiencia que está teniendo la ciudad con el gobierno local refuerza la democracia participativa. Pensamos que el éxito del PT radica en la manera en que los participantes están redefiniendo los poderes locales, con un número creciente de ciudadanos convirtiéndose simultáneamente en sujetos y objetos, iniciadores y receptores, de forma que puedan tanto gobernar como beneficiarse directamente de sus propias decisiones. Esta reconfiguración es inmediatamente discernible en los procedimientos, métodos y funcionamiento del gobierno local.
Al cabo de 12 años, Porto Alegre ha cambiado no sólo la manera de hacer las cosas sino también las cosas mismas; no sólo la manera de gobernar la ciudad, sino la ciudad misma. Porto Alegre ofrece una opción auténtica a la gestión gubernamental, una que rechaza no sólo el modelo de planificación centralista, tecnocrático y autoritario de la dictadura militar, sino también el modelo neoliberal competitivo y pragmático del “Consenso de Washington” seguido aún por el gobierno nacional. Este modelo impone la ortodoxia del Fondo Monetario Internacional (FMI) y requiere imperativos de “ajuste estructural” en forma de libre comercio, privatización, límites estrictos al gasto público y altas tasas de interés, todo lo cual empeora las condiciones de las clases pobres.
Mientras la mayoría de la ciudades brasileñas continúan distribuyendo facilidades y asignando servicios con evidente parcialidad y poca atención hacia las vecindades pobres, la reconfiguración de los poderes en Porto Alegre está comenzando a reducir las desigualdades espaciales mediante cambios en los patrones de provisión de servicios y uso del suelo. Es de esperar que el efecto de tales acciones se haga sentir en las estructuras formales de la ciudad, y a la larga en otras ciudades y en la sociedad brasileña en general.
Nuevas formas de poder local
Usualmente los recursos políticos y simbólicos están monopolizados por quienes controlan el poder económico. Sin embargo, las administraciones municipales radicalmente democráticas como las de Porto Alegre pueden invertir los poderes para bloquear el favorecimiento y el refuerzo del privilegio. Pueden interferir con la estricta solidaridad del poder político y económico, reducir la apropiación privada de los recursos, y promover la ciudad como un cuerpo dinámico colectivo y socialmente dinámico. En otras palabras, la administración de una ciudad podría oponerse a las acciones de grupos urbanos dominantes -intereses de agentes de bienes raíces y otros que utilizan las varias formas de apropiación privada de los recursos públicos para su propio beneficio. Entre dichas acciones figuran la consignación de infraestructura en favor de las vecindades pudientes, la privatización de recursos escénicos y ambientales, y la captura de los incrementos del valor del suelo (plusvalías) resultantes de inversiones públicas e intervenciones reglamentarias. Así, una administración de ciudad que está reconfigurada y orientada al público, permite el acceso al poder local para los grupos tradicionalmente excluidos. Tal cambio constituye una cuasi-revolución, con consecuencias que aún no pueden ser medidas ni valoradas adecuadamente por activistas o municipios esperanzados.
¿Son las experiencias de Porto Alegre con la reforma municipal, el sistema de presupuesto participativo y la planificación democrática del uso del suelo idiosincráticas, o constituyen estas innovaciones una promesa de mejoras más amplias en la política brasileña conforme otros ciudadanos establecen sus expectativas y mejoran la estructura de sus gobiernos? El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) está alentando a ciudades de toda América Latina a participar en sistemas de presupuesto participativo, en seguimiento al ejemplo de Porto Alegre. ¿Pueden las administraciones locales con orientación reformista vencer los obstáculos de las restricciones de los mercados internacionales y de la política nacional? Al recomendar los aspectos formales y de procedimiento de la técnica del presupuesto participativo, ¿está el BID sobreestimando los logros económicos prácticos y subestimando las dimensiones simbólicas y políticas de la democracia radical?
La lección de la reforma urbana en Porto Alegre emerge no sólo directamente del mercado económico en forma de nuevas experiencias con el poder, nuevos actores políticos, y nuevos valores y significados para las condiciones de sus ciudadanos. Esos ciudadanos, que sopesan sus expectativas frente a condiciones macroeconómicas de estancamiento, pueden también tener esperanza en la potencial erradicación de las desigualdades espaciales y sociales en el acceso a los servicios. Estas nuevas formas de ejercicio de poder político y de denunciar problemas de uso del suelo y del gobierno ofrecen a los residentes de la ciudad la capacidad de hacer una diferencia en sus propias vidas.
Referencias
Rebecca N. Abers. 2000. Inventing Local Democracy. Grassroots Politics in Brazil. Boulder: Lynne Rienner.
Gianpaolo Baiocchi. 1999. “Transforming the City”, original inédito. Universidad de Wisconsin (septiembre).
Boaventura de Sousa Santos. 1998. “Participatory Budgeting in Porto Alegre”, Politics and Society 26, 4 (diciembre): 461-510.
William W. Goldsmith es profesor del Departmento de Planificación de Ciudad y Regional de la Universidad de Cornell. Carlos Vainer es profesor del Instituto de Planificación e Investigación Urbana y Regional de la Universidad Federal de Rio de Janeiro. En diciembre de 1999, ambos participaron en un seminario organizado por la ciudad de Porto Alegre y copatrocinado por el Instituto Lincoln y la Red de Planificadores, una asociación norteamericana de planificadores urbanos, activistas y expertos que trabajan en pro de la igualdad y el cambio social.
The shift to a multi-racial government in South Africa is as pronounced and dramatic a transition as that of the new independent states of Central and Eastern Europe. In the past five years, South Africa has adopted a new constitution, elected a new government, redrawn state and municipal boundaries, and undertaken basic reform of its legal and political system. Land policy is central to this transformation, for “since the 1913 Natives Land Act, rights to own, rent or even share-crop land in South Africa depended upon a person’s race classification.” (1) Among the major land-related issues currently under scrutiny are property tax reform, restitution of land rights, and improvements in tenure security and access to landholding.
Land and Property Taxation
South African real property taxes take a number of forms, including “site rating,” a tax on unimproved value alone; “flat rating” on land and structures uniformly; and “composite ratings,” which tax land and improvements at different rates. Multiplicity and change are the norm, as Cape Town has recently decided to adopt site rating, Durban is considering replacement of its composite rating system with site rating, and Pretoria has introduced a temporary tax on improvements to supplement its site rating system.
The property tax in South Africa is not at present applied to rural land, although its potential extension to non-urban areas is the subject of intense debate. It is in the cities, however, that the struggle to transform the country will succeed or fail. In 1995, the urban sector accounted for about 65 percent of South Africa’s population and more than 80 percent of its GDP. Property taxes are an important source of revenue for cities to meet the cost of providing services within their newly redrawn boundaries.
These new boundaries are another index of the pace and variety of change in South Africa. Efforts to consolidate wealthy residential and commercial areas with impoverished townships and settlements have taken different forms in different regions. The central business districts of Johannesburg and Durban have been divided among several taxing jurisdictions that extend beyond their city limits. By contrast, the most of Cape Town’s business and residential regions were combined this summer with a set of neighboring townships in a new administrative region. It consists of 19 former administrations consolidated into 7, involving a transfer of more than 10,000 municipal staff and many assets. These measures have extremely important political and fiscal implications, bringing together as they do residential areas with living standards equal to or even surpassing European norms and settlements without electricity, paved roads or running water.
From a land policy perspective, perhaps the most dramatic legacy of past racial policies is the imbalance between white and non-white landownership. Under apartheid, 87 percent of the country’s land was reserved for white residents, who in 1995 constituted only 13 percent of South Africa’s population. Under these circumstances, property taxation takes on special importance as a potential means for expanding access to the land market. Roy Bahl and Johannes Linn have written:
[A]n equity argument may be at the heart of the matter: urban land prices are frequently so high that low-income groups cannot afford to purchase land…. To the extent that the revenue from property taxes is capitalized into lower current land values (since the tax reduces the expected future private yield on the land), it partially expropriates landownership rights from the present owner and also constitutes a loan to future owners, who can now acquire the land at a lower price but will have to pay property taxes in the future. If low-income groups cannot buy land because they lack liquidity and access to capital markets, property taxation may be one of the policy instruments to improve their access to landownership. (2)
Tax Collections and Tax Revolts
The government faces the challenge of reversing a “culture of nonpayment” for municipal services among township residents. During the apartheid era, the African National Congress (ANC) encouraged its supporters to refuse payment of water and utility charges as a means of contesting the legitimacy of the state-sponsored black local authorities. The resulting arrears were a major financial burden on all levels of government. Now the ANC seeks to promote voluntary payment for these same services, and as well as payment of real property taxes by those who now are able to hold title to their property.
Ironically, one tax protest that received wide publicity took the form of a property tax revolt in one of the nation’s wealthiest white residential areas, the Sandton suburb of Johannesburg. When property tax rates doubled and tripled there in 1996, many local property owners withheld payment in protest. This situation illustrates one of the most paradoxical aspects of the fiscal challenge to the new South Africa: the need to redress the enormous imbalance in resources across racial groups while commanding support from white citizens who feel over-taxed.
On the one hand, the disparities in needs and resources are overwhelming. Households falling below the official poverty level include only 0.7 percent of the white population, but 65 percent of the black population. At the same time, many white taxpayers feel overburdened by taxes-income tax rates, for example, can reach 45 percent on earnings over $22,000-and resentful of nonpayment by some township residents. In Alexandra, a black township inside Sandton, last year’s tax collection rate was only 3 percent. Any effort to meet the pressing fiscal needs of the new South Africa must take into account the vastly different perceptions of contribution and entitlement across its diverse population.
Perspectives on Future Directions
In July, a conference at the University of South Africa in Pretoria brought together governmental officials, policy analysts, academics and international experts to consider local government design and fiscal capacity. Brief overviews of two of the more than 30 presentations at that conference give a sense of the range of issues debated there, from concrete points of physical engineering to theoretical questions of intergovernmental fiscal relations.
At the most basic level, the definition of revenue needs depends on a prior decision as to the scope of local services to which all citizens are entitled. Given that large township areas have grown up without standard infrastructure, what goals should the government set for provision of water, electricity and roads?
Peter Vaz of the official Financial and Fiscal Commission outlined an approach to the monumental task of estimating the cost of providing the minimum services that each citizen can expect. The South African constitution enumerates 27 guaranteed rights, including the right to equality, to human dignity, to life, to freedom of expression, to a healthy environment, to housing, to health care services, to sufficient food, water and social security, to education, to information. The Commission is considering attempts to identify three levels of services-basic, intermediate and full provision. It is also looking at the cost of extending six services to urban and rural areas: water, sewerage, solid waste, roads, stormwater, electricity. For example, the basic level of water provision might be a communal standpipe, the intermediate level a yard tap, and full provision a house connection. The capital cost of each service package then provides a first estimate of the revenue necessary to meet the guarantees relevant to local government activities.
The broadest fiscal questions concern the allocation of taxes and functions among levels of governments. Rudolph Penner of the Barents Group stated that his general support for decentralization in transition economies was tempered in the case of South Africa. The model of voters as consumers choosing a set of local services in exchange for payment of local taxes is not necessarily applicable or desirable in this context. The strong ideological background to politics in South Africa means that voters are not primarily making a local electoral choice on the basis of economic policy. Moreover, the history of apartheid makes self-selected homogeneous groupings unacceptable if they lead to segregation by income class or race. Penner concluded that fiscal decentralization in South Africa must be of a more restrained variety than might be appropriate elsewhere.
These considerations serve only to highlight the sweeping reconsideration of all public institutions and their mandates that has accompanied the initiation of a new era in South African history. Improvements in land policy and taxation may play a significant role in assisting this immense task of national self-transformation.
Joan Youngman is a senior fellow of the Lincoln Institute, where she directs the Program on the Taxation of Land and Buildings. She and Martim Smolka, senior fellow for Latin America Programs, served on the faculty of the July conference at the University of South Africa.
Notes:
1. South African Department of Land Affairs, Our Land: Green Paper on South African Land Policy (1996), p. 9.
2. Roy W. Bahl and Johannes F. Linn, Urban Public Finance in Developing Countries (Oxford: Oxford University Press, 1992), p. 168.
What are the names of South Africa’s official languages?
A recent newspaper trivia puzzle gives a startling perspective on the enormity of the political, legal and cultural changes experienced by South Africa since 1993, and the difficulty foreign observers face in grasping the scope of these transformations.
The original answer to the question about official languages was given as English and Afrikaans. One week later, a correction noted that South Africa’s major tribal languages should also be included. So the full answer lists ten official languages:
English
Afrikaans
Ndebele
Northern Sotho (Sepedi)
Southern Sotho (Sesotho)
Swati
Tsonga
Tswana (Setswana)
Venda, Xhosa
Zulu